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La creatividad es un poder absoluto pero que requiere para funcionar de una palanca simple: la humildad.

No creo que uno deba asomarse a su cuaderno para trabajar con la cabeza llena de certezas, antes debe traer sobre todo una cosa: atención profunda. Un creador es ante todo un apasionado observador de sí mismo.

Trasladar las imágenes de la mente al mundo de la materia es un proceso lento, lleno de contradicciones, caídas, frustraciones y desencuentros; por eso creo que al tratar de levantar algo desde el suelo es necesario renunciar a hacerlo en solitario. No hay persona más afortunada que aquella que camina acompañada de amigos con los que comparte las mismas pasiones.

Es que la creatividad se nutre del encuentro con los demás. La creatividad no es una llama repentina sino el producto natural del diálogo, la comparación constante, la experiencia que se pone sobre la mesa para que los demás se dispongan a mirar. Ser creativo es aprender a curiosear y “robar” con impunidad al tiempo que nos dejamos “robar” sin menoscabo alguno de nuestro aplomo interior.

Seamos, pues, simples. Sepamos que poco podemos, pero que siempre podremos más si abandonamos la soberbia y nos acercamos con humildad a las labores de los demás.

Siempre les pregunto a mis alumnos lo siguiente: “¿Quién es el líder que más admiras en tu campo?” Me sorprende las pocas veces que obtengo una respuesta clara; es como si arrebatados por la pasión de su juventud y sus espíritus nuevos, los muchachos estuvieran centrándose demasiado en sí mismos y, como fatal consecuencia, desatendiendo el fuego de la realidad, que es la fuente -lo sabemos- de todas las luces y poderes.

El sueño y la fantasía son dos cosas muy distintas. Soñar es arrojarnos hacia la vida, fantasear es no poder o no querer mirarla a la cara.

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